México-(EFE).- Internados en las selvas mexicanas y bajo el agua están los cenotes,
unas cavernas subterráneas conocidas como las moradas de los dioses ancestrales, que desde hace más de dos mil
años mantienen ocultos los secretos de la cosmogonía maya.
De los
aproximadamente ocho mil cenotes registrados en las costas del Caribe mexicano, solo 200 han sido explorados debido a la falta
de personal calificado y a lo peligroso de la actividad, afirma en entrevista con Efe el antropólogo subacuático
Guillermo de Anda.
Formados por el derrumbamiento de los techos de las cuevas
y la disolución de la roca caliza por la infiltración del agua de lluvia, los cenotes constituyeron para la
civilización maya la puerta del mundo terrestre al Xibalbá (inframundo) y a la vez el lugar del nacimiento de
la vida.
“Los cenotes nos han permitido desentrañar y conocer el pensamiento religioso
maya y con ello han hecho posible que lo profundo e insondable de sus creencias cobre sentido sin perder el misterio que los
envuelve, y eso es para nosotros lo que hace que valga la pena todo el esfuerzo que implica nuestro trabajo”, aseguró
De Anda.
\ En México la arqueología subacuática tiene una trayectoria de 30
años pero hace sólo nueve que la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) prepara a los antropólogos
en la rama subacuática, y de los 60 estudiantes que ahí han ingresado, “ridículamente” solo
6 se dedican al estudio y exploración de los cenotes, señala De Anda.
Afirma que las instituciones mexicanas que estudian los cenotes emplean a cartógrafos y buceadores “que
son extraordinarios en su profesión” pero que no conocen las técnicas para investigar estos sitios.
Los arqueólogos subacuáticos descienden con cuerdas para internarse en los cenotes.
De Anda cuenta que cuando se viaja durante tres largas horas en plena oscuridad hacia la profundidad
de una cueva, la mayor recompensa es llegar a un cuerpo de agua y encontrarse con el “señorío maya”
representado por sus ofrendas, artesanías, construcciones y restos.
Los cenotes
fueron para los mayas los principales proveedores de “Zuhuy Ha” (agua sagrada), oráculos, sitios de relajación
y sanación, las moradas de los dioses y los lugares de sacrificio y ofrenda.
De dichos usos, los sacrificios fueron considerados los más importantes ya que con ellos otorgaban el don de la sangre
a los dioses para asegurarse de que éstos les proveyeran con alimentos, vida, fortaleza y virtudes.
Entre todas sus deidades, los mayas privilegiaban a Chaac, dios de la lluvia, al que se le dividió por colores en los
cuatro puntos cardinales: este (rojo), norte (blanco), oeste (negro) y sur (amarillo).
Éstos representaban los cuatro puntos del universo a los que apuntaba el gran árbol de la ceiba que emanaba
de los cenotes y se enraizaba en las “profundidades del inframundo”. El oeste era el camino hacia el Xibalbá.
El fraile franciscano Diego de Landa documenta en su crónicas sobre los mayas que a los cenotes
no podía acceder cualquiera persona, únicamente estaban autorizados los “J men ob” (sacerdotes)
y los jerarcas de las tribus.
En la zona arqueológica de Chichén
Itza está el “Cenote sagrado”, considerado la “madre” de estas cavernas subterráneas
porque está interconectado con el icónico templo de Kukulkán y porque allí han sido hallados el
mayor número de cuerpos humanos -250 comprobados y otros 500 no documentados-, la mayor colección de artefactos
de madera y cerámica maya y la mayor cantidad de metales.
A ello se suma
el hallazgo de la chocolatera más antigua, con cerca de 2.100 años de antigüedad.
Según el libro del Popol Vuh, el Sol y la Luna, representados por los gemelos mayas hunahpu y xbalanque, mueren todos
los días cayendo por el oeste, entran por una cueva y hacen un recorrido por el inframundo para renacer victoriosos
al día siguiente por el este.
“Los cenotes fueron el grito a la vida, el don de la fertilidad y el camino hacia la resurrección en el que la
ofrenda suprema para los dioses fue la vida misma”, concluyó De Anda.